Para cuando tu altar pide orden sin ponerse solemne.

Los dieciséis colgantes se distribuyen en ocho colores: permiten crear parejas cromáticas deliberadas.
No es un surtido para colgar al azar, sino una pequeña caja de herramientas visual: dos piezas por tono bastan para enmarcar una mesa, repetir un color en dos esquinas o dar simetría a un fondo de vídeo.
Esto no pretende hacerse pasar por una pieza ritual antigua, gracias a todos los cielos. Son colgantes de nudo chino con borla, ligeros, asequibles y bastante más útiles de lo que su aire de bazar podría sugerir. La gracia está en el reparto: dieciséis piezas, ocho colores, dos de cada uno. Ese doblete convierte una decoración simpática en un recurso de composición.
Para una mesa de tarot, una estantería de oráculos o un rincón de grabación, poder repetir el mismo rojo, azul o dorado a ambos lados hace que todo parezca pensado. Y no hay que montar una ópera de Pekín en el salón: basta con usar dos piezas para marcar los extremos de un paño, colgarlas de una bandeja de altar o flanquear un marco. La borla aporta movimiento; el nudo, una geometría que no compite con cartas, cristales o velas.
Yo no las compraría buscando artesanía excepcional ni simbolismo certificado hasta el último hilo. Las compraría precisamente para resolver ese momento en que el espacio ritual está correcto, pero le falta ritmo visual. Aquí la duplicación de colores permite ordenar sin uniformar, que es bastante más difícil de lo que parece. Una baraja nueva no siempre arregla una mesa visualmente desangelada; dos nudos del mismo color, a veces, sí.
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