Para dejar de confundir tu baraja con el neceser de cristales.

El fabricante advierte que el corte es manual y puede dejar bordes ligeramente irregulares.
No es una funda industrialmente impecable: esa pequeña irregularidad en el remate recuerda que son dos saquitos textiles sencillos, pensados para guardar, separar y llevar objetos, no para fingir que custodias un manuscrito renacentista.
Hay accesorios de tarot que se empeñan en parecer reliquias de una logia decimonónica y luego no sirven ni para separar una baraja de un puñado de cuarzos. Estos dos saquitos, en cambio, tienen una virtud bastante más útil: asumen sin disimulo su condición de objeto textil sencillo. El detalle que me interesa está en la advertencia del corte manual, con posibles bordes algo irregulares. Nada de épica, gracias a los dioses; una pequeña imperfección material que sitúa el producto donde debe estar.
Eso cambia bastante la lectura. No compraría esto esperando acabados de estuche de lujo ni una pieza ceremonial para fotografiar junto a siete velas estratégicamente colocadas. Lo compraría para resolver ese desorden tan habitual: la baraja viajando con dados, runas, piedras, recibos y, si una se descuida, media vida dentro del bolso. Dos bolsas permiten repartir el trabajo sin convertir cada consulta en una mudanza: cartas por un lado; complementos por otro.
El Árbol de la Vida aporta el gesto simbólico justo, y el terciopelo negro y morado hace el resto sin montar una ópera esotérica. Que el corte pueda mostrar una mínima irregularidad no le resta sentido; al contrario, recuerda que este no es un accesorio para venerar, sino para usar. Y ésa es precisamente la razón por la que otra bolsa de tarot puede merecer la pena: cuando te devuelve orden sin pedirte un altar, una vitrina ni una personalidad nueva.
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