Para cuando tu novela pide un mago en vez de un recibo.

No es una baraja: reúne 30 marcapáginas distintos con imaginería de mago retro y estética Art Nouveau.
Ese formato cambia el juego: no se consulta, se reparte entre lecturas, agendas y cuadernos. La colección convierte una misma fantasía esotérica en pequeñas dosis de papelería usable.
Aquí no hay que fingir que un marcapáginas sustituye a una baraja: no la sustituye, gracias a los arcanos. Pero precisamente por eso tiene su gracia. El detalle que lo salva de la papelería esotérica de saldo es que no plantea un único diseño decorativo, sino una colección de 30 piezas alrededor de un mago retro en clave Art Nouveau.
Me parece un objeto razonablemente bien situado para quien tiene libros abiertos por todas partes —novela, diario, manual de tarot, libreta de tiradas— y acaba señalando páginas con cualquier papel indigno. En vez de repetir la misma estampa hasta el agotamiento, permite ir cambiando de figura y de atmósfera sin convertir el escritorio en una feria medieval con purpurina.
El Art Nouveau le sienta especialmente bien al asunto mágico: líneas vegetales, aire de cartel antiguo, cierta solemnidad teatral. Es una estética que conversa con el tarot sin tener que disfrazarse de Rider-Waite ni estampar tres lunas y un pentáculo porque sí. Y el mago, además, es una elección bastante más interesante que la inevitable bruja genérica: habla de atención, artificio, estudio y manos ocupadas.
¿Merece la pena añadirlo a una colección? Como baraja, no; como pequeño satélite para acompañar una vida lectora y tarotil, sí. Treinta variaciones dan para que cada libro tenga su hechicero de guardia, que es una frivolidad muy aceptable y bastante más útil de lo que parece.
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