Para cuando tus primeras tiradas invaden la mesa del comedor.

El kit incorpora un mantel de altar y una bolsa de almacenamiento junto a la baraja.
No plantea el tarot como un mazo suelto que acaba desparramado entre recibos y mandos a distancia: incluye desde el principio un pequeño marco físico para separar la lectura del resto del día.
Hay barajas de gatos que se limitan a poner bigotes donde antes había coronas, y luego están los kits que entienden una cosa elemental: una principiante no solo necesita 78 cartas, sino un modo de darles sitio. Aquí el detalle decisivo no es únicamente el tema felino, que siempre tiene público —con razón: los gatos llevan milenios mirando a los humanos como si supieran algo que nosotros hemos olvidado—, sino que venga acompañado de mantel de altar y bolsa.
Parece menor hasta que una recuerda cómo empiezan muchas lecturas: cartas apoyadas en una mesa con migas, la caja de cartón abriéndose por las esquinas y el mazo viviendo después en el cajón de los cables. El mantel introduce un límite sencillo pero eficaz: ahora estoy leyendo. La bolsa, por su parte, evita que el tarot empiece su carrera espiritual perdido bajo una novela o rozándose con las llaves. Milagros, los justos.
Para quien quiere aprender sin montar una capilla victoriana ni comprar accesorios por separado, tiene bastante sentido. El añadido convierte una baraja de iniciación en un ritual portátil y ordenado; y ésa es una diferencia más útil que otra ilustración monísima del Ermitaño con cola. Comprar otra baraja merece la pena cuando no solo cambia las imágenes: cambia la facilidad con que realmente vas a sentarte a usarlas.
También buscado como: Cat Tarot Cards with altar cloth and bag