Cuando un solo panteón se te queda pequeño

En sus 44 cartas conviven Kuan Yin, Isis, Lakshmi, Brígida y Atenea.
No se limita a una genealogía divina: reúne figuras budistas, egipcias, hindúes, célticas y griegas en una misma mesa oracular. Eso convierte cada tirada menos en un catecismo y más en un atlas espiritual, con todo lo estimulante —y un poquito improbable— que tiene semejante reunión.
Hay oráculos de diosas que se toman muy en serio la coherencia de un panteón; este, en cambio, sienta a Kuan Yin junto a Isis, Lakshmi, Brígida y Atenea sin pedir permiso a ningún departamento de Historia de las Religiones. Y ésa es precisamente su gracia.
No pretende que una lectora se haga especialista en religiones comparadas antes de formular una pregunta. Propone una especie de diplomacia divina: distintas imágenes de lo femenino sagrado, procedentes de mundos muy distantes, respondiendo bajo un mismo lenguaje oracular. Puede sonar a batiburrillo New Age —y un poco lo es, no vamos a ponernos una toga académica—, pero está planteado con una claridad que lo vuelve especialmente amable para quien empieza.
Lo que merece la pena aquí no es simplemente añadir «más diosas» a la estantería. Es disponer de una baraja que cambia de registro según la figura que aparezca: la compasión de Kuan Yin no conversa igual que la estrategia de Atenea, ni la abundancia de Lakshmi tiene el mismo tono que la potencia simbólica de Isis. Esa convivencia obliga a afinar la pregunta y, sobre todo, a no esperar siempre la misma clase de consuelo.
Para lecturas complejas quizá se quede corta si se busca tradición, contexto ritual o rigor mitográfico. Pero como puerta de entrada a un imaginario plural, visual y muy legible, tiene una personalidad que no se confunde con otro oráculo angelical de frases bienintencionadas. Y eso, en una colección, ya es bastante.
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