Para cuando el Rider-Waite ya te lo sabes demasiado bien.

Los significados de los arcanos están escondidos en signos, iconos, símbolos y códigos de color dentro de cada composición.
No se limita a estilizar un Rider-Waite-Smith: obliga a rastrear sus claves visuales como quien descifra un plano o un acertijo gráfico. La lectura empieza antes de interpretar, en el propio acto de mirar.
Hay barajas que cambian de vestuario al Rider-Waite y hay otras que le cambian la gramática. Chromatika pertenece, bastante claramente, a las segundas. Federico Babina no parece interesado en volver a dibujar al Loco, a la Luna o al Diablo para que los reconozcamos al primer vistazo; prefiere esconder su arquitectura simbólica entre iconos, líneas y códigos cromáticos. Y ahí está su pequeña maldad, muy bien entendida: te obliga a mirar dos veces.
Ese procedimiento puede desesperar a quien quiera imágenes narrativas, ternura ilustrada y un significado servido con cucharita. Pero para quien ya conoce las cartas y nota que algunas lecturas se le han vuelto automáticas, esta abstracción funciona como una cura de desintoxicación. El arquetipo sigue ahí, sí, aunque no se presenta con cartel luminoso ni con la habitual troupe de personajes haciendo teatro medieval.
La estética Bauhaus, surrealista y de vanguardia no está como pegatina cultural para impresionar a la visita. Es el mecanismo de la baraja: simplificar, desplazar, codificar. Cada carta propone una especie de traducción visual del tarot, y esa traducción te obliga a formular de nuevo lo que creías saber.
Por eso merece ocupar un hueco en una colección: no porque sea «bonita» —adjetivo comodín donde los haya—, sino porque convierte el reconocimiento rápido en investigación. Una baraja que te hace estudiar la imagen antes de pontificar sobre ella siempre tiene más vida que otra variación decorativa del mismo santo.
También buscado como: Tarot Chromatika