Para cuando el deseo necesita dejar de hablar en clave.

Las cartas 1 y 2 presentan a los amantes en la cama: él corresponde a la carta 1 y ella a la 2.
En vez de reservar el erotismo para una carta de amor más o menos decorosa, el mazo abre su propia numeración con una pareja ya metida en harina. Eso desplaza el foco: aquí la polaridad, la elección y el vínculo se leen desde el cuerpo, no desde el catecismo romántico.
El Decameron Tarot no parece tener demasiado interés en fingir que el deseo es un asunto vaporoso, de suspiros al balcón y rosas con rocío. Su gesto más revelador está en las cartas 1 y 2: los amantes aparecen en la cama, divididos en figura masculina y femenina. Es una declaración de intenciones bastante menos inocente de lo que parece.
Me interesa porque no añade erotismo como barniz —ese recurso tan cansino de poner un par de cuerpos desnudos y llamarlo transgresión—, sino que altera el punto de partida de la lectura. La pareja no llega después de la aventura espiritual: ya está en plena negociación corporal, afectiva y, seguramente, doméstica. Como en Boccaccio, el sexo aquí no vive fuera de la inteligencia, del humor ni de las pequeñas miserias humanas.
No la veo como baraja comodín para cualquier consulta ni para sacar en la mesa familiar un domingo de paella, seamos serias. Pero sí tiene una voz propia para preguntas sobre deseo, acuerdos, infidelidades, magnetismo, vergüenza, placer y la distancia —a menudo considerable— entre lo que una persona dice querer y lo que realmente busca.
Comprar otra baraja merece la pena cuando modifica el idioma de la pregunta. Esta lo hace desde la primera pareja de cartas: menos idealización, más cama; menos alegoría desinfectada, más comedia humana.
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