Para cuando una consulta ajena se te queda dentro.

El primer capítulo arranca con una baraja olvidada de 1990 que el autor recuerda de su infancia.
No empieza por los arcanos ni por una teoría solemne, sino por una baraja perdida y el primer coqueteo infantil con las cartas. Ese origen doméstico desplaza el libro hacia la memoria personal y la trastienda emocional de consultar.
Hay libros de tarot que se empeñan en explicarte por enésima vez qué significa La Torre, como si no tuviéramos ya estanterías enteras para eso. Este, según presenta el propio autor, toma otro camino: empieza con una baraja olvidada de 1990 y con el niño que empieza a rondar las cartas. Me parece un detalle pequeño, pero es bastante revelador. Aquí el tarot no aparece como un sistema que se aprende impecablemente en un manual, sino como una presencia que se queda pegada a la biografía.
Eso le da sentido a un libro de confesiones de consulta. No promete una enciclopedia de simbolismo ni pretende disfrazarse de tratado iniciático; lo que pone sobre la mesa es el poso humano de las sesiones: secretos, decisiones, traiciones, lugares y personas que han pasado ante una tirada. El capítulo de aquella baraja de 1990 funciona, en el fondo, como una declaración de intenciones: antes de interpretar cartas hay una historia de cómo alguien llegó a mirarlas.
Lo recomendaría a quien ya sabe que el tarot no vive sólo en los significados canónicos, sino también en la escena concreta: la mesa, el silencio previo a una pregunta incómoda, el relato que una clienta deja caer casi sin querer. Comprar otro libro de tarot merece la pena cuando no te vende otra lista de definiciones. Este parece querer contar de dónde nace la necesidad de preguntar, y ahí hay más verdad —y más material para pensar— que en muchas solemnidades con bordes dorados.
También buscado como: Tarotist's Diary: Confessions and Secrets of Clients