Para cuando tu intuición necesita agujeros, no sermones.

Dos de las 18 cartas de personaje perforadas se descartan al azar antes de cada partida.
No es un sobrante sin más: esas dos ausencias cambian la combinación disponible en cada ronda. El mazo convierte el típico «encuentra la pareja» en un pequeño ejercicio de lectura visual bajo sospecha: que algo encaje no significa que estuviera destinado a aparecer.
Aquí hay una idea que me parece bastante más lista de lo que aparenta una caja de cartas infantil: las cartas de personaje están perforadas y solo revelan su figura completa al posarse sobre el detalle correcto. Hasta ahí, estupendo; un pequeño teatro de ventanas, ojos y accesorios que funciona sin necesidad de hacerle un máster a nadie.
Pero el detalle que le da verdadera gracia es otro: de las 18 cartas perforadas, dos se retiran al azar antes de empezar. Es una decisión mínima y, precisamente por eso, elegante. Impide que el juego se convierta en una lámina memorizable al tercer intento. Hay personajes que, sencillamente, no comparecen esa vez. Muy tarot, por cierto: no todas las figuras convocadas entran en la tirada.
No la miraría como una baraja para «adivinar», claro, sino como material de mesa para entrenar esa facultad que toda lectora agradece conservar: ver relaciones entre fragmentos, detectar qué elemento falta y no casarse con la primera coincidencia vistosa. Las perforaciones no son un adorno cuqui —gracias a los dioses menores del diseño—, sino el mecanismo que obliga a comprobar.
Merece sitio si se busca una baraja-juego visual con una premisa física bien resuelta y una pequeña variación aleatoria que evita la rutina. Para jugar, observar y recordar que una imagen incompleta puede estar diciendo bastante.
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