Cuando el Rider te parece demasiado literal, entra por un cuento.

Las 78 cartas reutilizan ilustraciones originales de Edmund Dulac: no se dibujó arte nuevo para adaptar la baraja al tarot.
Giacomo Gailli construyó la estructura tarótica seleccionando escenas ya existentes de cuentos, clásicos y mitos ilustrados por Dulac. Eso hace que cada arcano conserve una vida anterior al tarot: no ilustra una definición, trae consigo una pequeña narración ajena que hay que escuchar.
Aquí la gracia no está en que alguien haya hecho «un tarot con estética de cuento», fórmula que ya conocemos y que, seamos sinceras, a menudo acaba en princesa vaporosa con brillantina digital. La operación es bastante más interesante: las cartas se componen exclusivamente con ilustraciones que Edmund Dulac realizó antes para relatos, mitos y ediciones literarias. No hay dibujos nuevos obedeciendo al manual de instrucciones del tarot.
Y eso cambia el asunto. El Loco, la Emperatriz o un Tres de Copas no nacen para cumplir una función adivinatoria impecablemente subrayada; llegan con el equipaje de una escena previa, con personajes, atmósferas y silencios que pertenecían a otro cuento. Para quien lee por imagen y por asociación —no sólo por iconografía reglamentaria—, esa fricción es fértil. Obliga a preguntar qué está ocurriendo antes y después de la escena, no únicamente qué palabra clave toca recitar.
Yo no la elegiría como baraja de aprendizaje metódico ni para quien necesite que cada palo se anuncie con megáfono. Pero sí me parece una incorporación con sentido si tu colección ya tiene un tarot funcional y quieres una baraja que devuelva al acto de mirar su parte literaria. No compra uno otro tarot de hadas: compra un archivo de ilustración convertido, con bastante audacia, en máquina de relatos.
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