Cuando el tarot clásico se te queda culturalmente estrecho.

Sus 25 Arcanos Mayores se dividen en 13 orishas y 12 símbolos, entre ellos Karma, Tierra y Ángel de la Guarda.
No sustituye sin más los arquetipos mayores habituales: reserva trece puestos para entidades orisha y emplea los otros doce para principios y figuras espirituales. Esa arquitectura obliga a leer la baraja como un sistema propio, no como un Rider-Waite disfrazado con cuentas de colores.
Hay barajas que cambian el vestuario del tarot y hay barajas que le cambian el esqueleto. Esta pertenece, con todos sus riesgos y su interés, al segundo grupo. Su detalle decisivo está en los Mayores: no se limita a emparejar orishas con El Mago, La Emperatriz o compañía, sino que organiza 25 cartas mayores en dos bloques. Trece son orishas; las otras doce abordan símbolos como Karma, Tierra y Ángel de la Guarda.
Eso altera la lectura de raíz. Aquí no conviene sacar el manual de equivalencias rápidas y ponerse a hacer gimnasia mental para decidir qué deidad “es” qué arcano europeo. La baraja pide aceptar una cosmología concreta, con sus fuerzas, sus mediaciones y sus propias categorías. Y, francamente, ya era hora: demasiados mazos llamados “temáticos” se conforman con poner plumas, lunas o túnicas donde antes había una señora con corona.
Me interesa precisamente porque hace visible una cuestión que el tarot convencional suele esconder bajo la costumbre: los arquetipos no son universales por decreto ni propiedad inmobiliaria de Marsella. Que Karma, Tierra y Ángel de la Guarda ocupen cartas mayores junto a los orishas desplaza el centro de gravedad y abre otro mapa para preguntas espirituales complejas.
No la elegiría como única baraja ni para aprender los cimientos del tarot. Pero como pieza de colección con ambición estructural, sí merece el espacio: no promete “sabor afro” sobre un sistema intacto; propone mirar desde otro sistema. Y eso, entre tanto refrito lustroso, cuenta muchísimo.
También buscado como: The Orishas Tarot