Para cuando tu altar necesita una bruja sin solemnidad.

El título del adorno presenta a la figura a la vez como bruja y como mago.
Ese deslizamiento entre «bruja» y «mago» le quita cualquier pretensión de iconografía esotérica cerrada: no parece querer representar un arquetipo preciso, sino montar una pequeña escena de Halloween donde caben sombrero, calabaza y araña sin pedir permiso a la tradición.
Aquí no hay que pedirle lo que no promete. Esta figurita no viene a sustituir una imagen ritual, una Venus de Willendorf ni una bruja histórica con veinte capas simbólicas; viene a poner un acento descaradamente juguetón en una mesa, una estantería o el inevitable rincón de lecturas que, de pronto, ha decidido tomarse demasiado en serio.
Lo que me interesa es precisamente el pequeño caos de su nombre: bruja, calabaza, araña y, de paso, «mago». Esa mezcla la coloca fuera de la brujería de catálogo que intenta parecer antiquísima a base de lunas, pentáculos y tipografías góticas con fiebre. Aquí la magia es de dibujos animados, de atrezzo festivo, de mesa preparada para una tirada de Samhain sin convertir el salón en una sucursal de un museo de cera.
Merece la pena como compra adicional si tus objetos de tarot ya son todos graves, negros y muy conscientes de su misterio. Una figura así introduce contraste: recuerda que lo oculto también puede tener una calabaza, una araña y bastante sentido del humor. No añade profundidad doctrinal; añade escena. Y, francamente, a veces eso es justo lo que le falta a un altar.
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