Cuando la carta no te entra por la cabeza, ponle banda sonora.

La guía asigna a cada arquetipo del tarot una piedra y una canción que encarnan su energía.
No se limita a traducir las cartas a palabras clave: propone una asociación mineral y musical para cada una. Eso desplaza la lectura del diccionario habitual hacia una experiencia sensorial, muy útil cuando una interpretación se ha quedado tiesa de tanto intelecto.
Hay barajas que se anuncian como «para el crecimiento personal» y una, con toda la paciencia del mundo, bosteza. Esta tiene una idea bastante más concreta: tratar cada arcano como una energía que también puede escucharse y tocarse. Su guía acompaña los arquetipos con una canción y una piedra, y ahí está su verdadera razón de existir entre una colección ya poblada de RWS modernizados.
No es un añadido de bazar esotérico —la clásica piedrita puesta sobre la mesa para que parezca que ha ocurrido algo—, sino una forma de desatascar la lectura. Si el Dos de Espadas te devuelve siempre la misma frase sobre indecisión, una referencia musical puede abrir el tono emocional; si una carta mayor se vuelve demasiado abstracta, el mineral introduce peso, textura y presencia. De pronto no interpretas sólo conceptos: reconoces una atmósfera.
Yo la veo especialmente acertada para quien escribe diario de tarot, prepara lecturas lentas o ha llegado a ese punto en que conoce demasiado bien los significados convencionales y necesita que las cartas vuelvan a rozarle un nervio. No pretende reinventar la estructura del tarot, gracias a los dioses menores, pero sí propone un método lateral y muy practicable para habitarla. Comprar otra baraja merece la pena cuando añade un idioma de lectura que las demás no hablan; ésta habla en canciones y piedras.
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