Para cuando una palabra te condiciona la lectura antes de mirar.

Esta edición prescinde de los títulos: deja imagen, número y, en los arcanos menores, palos discretos.
Al quitar los nombres multilingües y el texto sobrante, la carta obliga a entrar por la escena y no por la etiqueta. En un tarot de Klimt, donde la ornamentación y el gesto ya dicen bastante, ese silencio gráfico no es un capricho: cambia la lectura.
Hay barajas de arte que funcionan como un imán de museo: preciosas, sí, pero a la hora de leer se quedan mirando la pared. Esta edición de bolsillo del Klimt tiene una decisión muy poco aparatosa y bastante inteligente: elimina los títulos de las cartas. No hay la acostumbrada procesión de nombres en varios idiomas peleándose con la ilustración; quedan la imagen, el número y, en los menores, el palo en versión discreta.
Y eso, en este caso, importa mucho más que el dorado. Klimt ya trabaja con una imaginería cargada de deseo, cuerpo, duelo, ornamento, encierro y exceso. Si encima le plantamos una etiqueta verbal de tamaño ministerial, la lectura nace domesticada. Aquí uno tiene que mirar antes de saber: notar dónde está el rostro, qué hace una mano, qué patrón invade la escena, qué se oculta bajo tanto oro. Un pequeño ejercicio de higiene interpretativa, que tampoco nos viene mal.
No la veo como la baraja idónea para aprender los significados desde cero y a golpe de chuleta. La veo para quien ya conoce la gramática básica del tarot y se ha cansado de que cada carta le grite su nombre antes de dejarle pensar. Merece sumar otra baraja precisamente por eso: convierte el formato bolsillo en una lectura menos explicada, más visual y, francamente, menos obediente.
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