Para cuando un Lenormand de 36 cartas ya se te queda corto.

Cada una de sus 54 cartas reúne figuras mitológicas, letras, constelaciones y flores.
No trabaja con una única imagen-oráculo, sino con varias capas simbólicas simultáneas. Eso convierte la lectura en una pequeña mesa de correspondencias: la escena abre el relato y los demás signos permiten afinarlo, matizarlo o, si hace falta, discutirle la primera impresión.
El detalle que justifica esta baraja no es que sea «bonita», palabra que ha arruinado más conversaciones sobre cartomancia de las necesarias. Es que cada carta condensa figuras mitológicas, letras, constelaciones y flores. Es decir: no ofrece una ocurrencia visual y luego te deja sola ante el peligro, sino un sistema de lectura deliberadamente estratificado.
Ahí está la gracia del Grand Lenormand, y también su pequeña exigencia. Quien venga del Lenormand breve, directo y casi telegráfico puede encontrarse con una mesa llena de cubiertos: escena, símbolo, correspondencia, naipe… Pero precisamente por eso merece existir en una colección. Permite pasar de «qué está ocurriendo» a «qué fuerza lo mueve, qué tono toma y por dónde se complica» sin abandonar la misma carta.
La revisión de Mademoiselle Audrina parece entender que tanta información necesita respiración visual y una entrada menos polvorienta que ciertas ediciones históricas. Yo no la elegiría para quien quiere sacar tres cartas antes de contestar un mensaje; para eso hay barajas estupendas y mucho menos aparatosa. La elegiría cuando apetece leer despacio, relacionar símbolos y dejar que una tirada tenga textura. Comprar otra baraja merece la pena cuando añade un idioma, no cuando repite vocabulario. Esta añade varios a la vez.
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