Para cuando Marsella te parece demasiado severo.

Este mazo nació después de que Élodie Ascenci dibujara un Tarot de Marsella para colorear durante 2020.
No parte de una modernización decorativa cualquiera: las 78 imágenes fueron concebidas primero desde la línea, el dibujo y la posibilidad de intervenirlas. Aquí aparecen ya resueltas en color, pero conservan esa claridad gráfica de origen.
Hay barajas que se limitan a ponerle colores pastel al Tarot de Marsella y esperar aplausos. Esta tiene una historia visual bastante más interesante: procede del trabajo previo de Élodie Ascenci sobre un Tarot de Marsella para colorear, dibujado durante 2020. Y eso se nota donde importa, que es en la línea.
No estamos ante un Marsella disfrazado de agenda mona. La base gráfica parece pensada para que cada figura se lea con nitidez antes de recibir el color: contornos claros, escenas despejadas y una amabilidad visual que no borra la extrañeza esencial del sistema. El resultado no pretende sustituir al Marsella áspero, xilográfico y lleno de pequeñas rarezas que una termina estudiando con lupa; propone otra puerta de entrada.
Yo le veo sentido especialmente para quien conoce los arcanos pero se frena ante la severidad cromática y formal de los mazos clásicos. Aquí la lectura puede empezar por la escena sin tener que atravesar de primeras un museo de códigos medievales. Eso, bien hecho, no infantiliza: ordena.
Que las 78 cartas nacieran primero como dibujos susceptibles de ser coloreados explica su verdadera virtud. Este mazo no usa el color para tapar el Marsella, sino para iluminar un esqueleto de dibujo muy consciente. Y esa es una razón bastante decente para añadir otro Marsella a la estantería, que ya es decir.
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