Para cuando el tarot de siempre te sabe a poco.

Los reversos de las cartas evocan los motivos geométricos de los mosaicos islámicos.
No es un estampado decorativo puesto para salir del paso: el reverso prolonga el lenguaje visual del mazo con geometría de mosaico, de modo que incluso la carta boca abajo ya habla de orden, repetición y contemplación.
Hay barajas que se disfrazan de “espirituales” con dos arabescos, una luna enorme y bastante incienso gráfico. Esta parece plantear algo más interesante: llevar la mirada sufí al propio mecanismo visual del tarot, empezando por aquello que casi nadie mira con atención, el reverso.
Que las cartas remitan a los mosaicos geométricos islámicos importa más de lo que parece. En un tarot convencional, el dorso suele ser territorio neutro: un papel pintado para que no se transparente nada y santas pascuas. Aquí, en cambio, la geometría introduce una idea muy sufí: detrás de la aparente multiplicidad hay ritmo, proporción y una unidad que no siempre se ve de primeras. Es un detalle silencioso, pero no inocente.
Yo no lo elegiría como sustituto universal de un Rider-Waite-Smith ni como atajo para aprender cartomancia desde cero. Su gracia está precisamente en que obliga a salir del automatismo iconográfico. Si ya tienes barajas funcionales y empiezas a sospechar que todas te dicen lo mismo con distinto vestuario, este mazo aporta una atmósfera coherente también cuando las cartas están cerradas, esperando sobre la mesa.
Comprar otra baraja merece la pena cuando el diseño no se limita a ilustrar significados, sino que modifica el gesto de leer. Aquí hasta el reverso parece pedirte que mires menos deprisa. Y eso, francamente, no abunda.
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