Para atrapar una tirada antes de que se te escape.

La espiral está en el borde superior y el cuaderno lleva cierre elástico.
No es el típico mini cuaderno con la espiral molestando al lado de la mano: funciona como bloc de reportero, se abre hacia arriba y queda pensado para anotar deprisa. El elástico remata esa idea de cuaderno de bolsillo que guarda apuntes, no de objeto bonito condenado a la estantería.
Hay cuadernos mini que son poco más que una coartada para comprar una portada mona. Este, en cambio, tiene una decisión de diseño que le da oficio: la espiral va arriba. Parece una minucia hasta que intentas registrar una carta aclaratoria de pie, una frase que se te ha ocurrido al cerrar una lectura o el símbolo que se repite en tres tiradas distintas. Entonces se entiende todo.
La disposición de bloc de reportero evita la danza absurda de apoyar la mano contra una espiral lateral; se escribe de arriba abajo, con rapidez y sin pelearse con el cuaderno. Y el cierre elástico importa más de lo que parece: convierte sus notas en material que viaja protegido entre cartas, funda y bolso, en vez de páginas dobladas con una revelación brillante —seguro que era brillante— ya ilegible.
El motivo de polilla no está aquí sólo para poner cara de noche mística. Le sienta especialmente bien a un cuaderno destinado a captar lo que aparece a media luz: asociaciones, sueños, preguntas aún sin respuesta. Yo no lo elegiría para desarrollar una lectura de diez posiciones ni para una libreta de estudio seria; sus dimensiones piden otra cosa. Lo compraría para la primera capa del pensamiento tarotista, esa que debe anotarse antes de que la mente racional, siempre tan servicial, venga a estropearla.
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