Para dejar de llamar «tarot» a todo lo que tiene cartas.

El título llama al Lenormand «queridinho “Cigano”» y deja «Cigano» entre comillas.
Ese entrecomillado no es decoración: presenta el sistema desde uno de sus nombres populares en portugués, pero marca una pequeña distancia con la etiqueta. Es una pista útil para entrar en el Lenormand como lenguaje propio, no como tarot con otro vestuario.
Aquí lo que me interesa no es que el Lenormand aparezca bajo su nombre más conocido, sino esa formulación del título: «queridinho “Cigano”». Y, sobre todo, las comillas. Parecen una minucia tipográfica, pero delatan una cuestión que a menudo se despacha con demasiada alegría: Lenormand, baraja gitana, petit jeu… los nombres se mezclan, se traducen y se usan como si dieran exactamente igual. No dan igual.
Una guía que entra por esa puerta puede resultar especialmente sensata para quien llega con la costumbre de llamar tarot a cualquier mazo ilustrado. El Lenormand trabaja con un vocabulario breve, concreto y combinatorio; no necesita que cada carta se convierta en un tratado de psicología profunda con capa y banda sonora. Agradezcamos la sobriedad de vez en cuando.
Que «Cigano» quede entre comillas sugiere, además, que el libro no entrega una etiqueta popular como si fuera una definición inocente e inamovible. Obliga a mirar el nombre, y por tanto el sistema, con algo más de precisión. Esa es una compra que sí puede tener sentido: no añade otro objeto bonito al montón, sino una pequeña corrección de enfoque. Y en cartomancia, cambiar el enfoque suele ser bastante más útil que acumular cartulina.
También buscado como: Lenormand: el querido «gitano»