Para cuando las 36 cartas se te quedan cortas.

Esta edición se presenta con 38 cartas, dos más que las 36 del Lenormand clásico.
No es un Lenormand que se limite a cambiar el vestuario por imaginería pagana: al ampliar la baraja, obliga a preguntarse qué dos matices adicionales introduce en una gramática adivinatoria que normalmente está muy medida.
Un Lenormand no necesita convertirse en un carnaval esotérico para justificarse. De hecho, cuando una baraja se anuncia como «pagana», mi ceja se arquea con prudencia profesional: cambiar una cruz por una luna creciente y vestir a todo el mundo de verde bosque no constituye, por sí solo, una aportación.
Aquí hay una decisión bastante más interesante: la edición se presenta con 38 cartas. Dos más que el armazón habitual del Lenormand. Y eso no es un detalle de imprenta ni una medallita para la caja. El Lenormand clásico funciona precisamente porque sus 36 piezas tienen una economía feroz; cada carta carga con una función, conversa con sus vecinas y no suele admitir invitados sin alterar la conversación.
Por eso esta baraja merece atención como objeto de colección: propone una ampliación real de un sistema muy codificado. No promete vagamente «otra sensibilidad», sino que añade dos posibilidades a una lengua oracular que muchas lectoras ya conocen de memoria. La pregunta interesante deja de ser si la estética pagana nos parece bonita —francamente, eso dura lo que dura un flechazo— y pasa a ser cómo se reorganiza la lectura cuando aparecen dos voces nuevas en la mesa.
Yo la situaría junto a otros Lenormand con personalidad propia, no como sustituta automática del mazo de batalla. Para quien disfruta observando cómo una tradición admite pequeñas herejías bien planteadas, esas 38 cartas son razón suficiente para que otra baraja sí tenga sentido.
También buscado como: Oráculo Lenormand Pagano