Cuando el Lenormand se te queda corto para matizar

Las 47 cartas se componen de las 36 del Petit Lenormand clásico y 11 cartas nuevas.
No es un Lenormand de 47 cartas por capricho editorial: la baraja conserva el esqueleto tradicional y le injerta once piezas adicionales, de modo que una lectura puede salirse de los emparejamientos de siempre sin abandonar el idioma Lenormand.
Un Lenormand no necesita más cartas para funcionar: con sus 36 va sobradísimo y, de hecho, ahí reside parte de su mala leche sintética. Por eso una ampliación suele hacerme levantar una ceja. Aquí, sin embargo, el asunto tiene sentido precisamente porque no sustituye el sistema: mantiene las 36 cartas del Petit Lenormand y añade once nuevas.
Esa decisión cambia el carácter de la baraja. No estamos ante una reinterpretación que pretende modernizar el Lenormand hasta que deja de parecer Lenormand —pecado bastante frecuente, por cierto—, sino ante un vocabulario extendido. Las cartas clásicas siguen permitiendo las combinaciones rápidas, concretas y terrenales que se esperan del método; las once incorporaciones abren zonas de matiz allí donde el mazo tradicional obliga a repetir una misma fórmula o a tirar de intuición suplementaria.
Me parece una baraja especialmente justificable para quien ya lee Lenormand y nota que, en determinados asuntos, las 36 piezas le resultan demasiado escuetas. No para desaprender el sistema, sino para tensarlo un poco y ver qué ocurre cuando una gramática muy estable admite once palabras nuevas. Esa es una compra con argumento: ofrece una experiencia distinta sin pedirte que renuncies al idioma que ya conoces.
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