Para cuando el Rider ya te lo explica todo demasiado deprisa.

El Masonic Tarot construye su lectura sobre pares opuestos: día y noche, masculino y femenino, fuerza activa y receptividad pasiva.
No usa la simbología masónica como simple atrezzo de compases y columnas: convierte esas polaridades en la estructura visual de la baraja. Eso obliga a leer cada carta como una tensión entre dos fuerzas, no como un significado cerrado y cómodamente aprendido.
Hay barajas que se disfrazan de misterio con dos columnas, un ojo radiante y bastante dorado; ésta, por suerte, intenta algo más serio. Su rareza no está en añadir masonería sobre un tarot reconocible como quien pone papel pintado en un pasillo. Patricio Díaz Silva articula el mazo desde oposiciones muy concretas —día y noche, masculino y femenino, activo y receptivo— y ése es el asunto que le da columna vertebral.
A mí me interesa precisamente porque obliga a detener la lectura automática. Aquí no basta con ver una carta y recitar el significado que llevamos veinte años repitiendo, como si hubiéramos tragado un librito de bolsillo. La pregunta pasa a ser: ¿qué polo está tomando fuerza?, ¿qué parte permanece velada?, ¿dónde se está construyendo algo y dónde toca recibir, esperar o contener?
Esa lógica hace que el tarot funcione menos como álbum de escenas y más como arquitectura simbólica. No es una baraja para sacar tres cartas mientras hierve la pasta, ni falta que le hace. Pero para quien ya conoce la gramática del tarot y quiere una baraja que le cambie el ritmo mental —sin caer en la enésima estética gótica con ínfulas—, tiene una razón de compra muy defendible. No viene a sustituir tu mazo de diario: viene a discutirle sus certezas.
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