Para que el tarot se cuele en clase sin montar un altar.

La iconografía de la Emperatriz y la Luna aparece aquí en un estuche de papelería con bucles elásticos para bolígrafos.
No es una baraja camuflada ni un accesorio ceremonial: el motivo tarotero se traslada a un objeto de uso escolar y de oficina, pensado para llevar útiles sujetos y a mano. Ese pequeño desplazamiento cambia bastante el asunto: la estética del tarot deja de pedir mesa, paño y solemnidad —bendito sea— para acompañar la rutina.
Esto no merece atención por fingir que es una baraja. No lo es, y qué descanso: es papelería con una decisión estética muy concreta. La Emperatriz y la Luna, dos figuras que suelen acabar convertidas en misticismo de mercadillo o en collage violeta con fases lunares hasta en la sopa, se reducen aquí a un motivo funcional para un estuche con bucles elásticos.
Precisamente ahí está su gracia. La Emperatriz introduce lo material, lo fértil, lo que cuida y organiza; la Luna, el margen de intuición, lo que no se explica del todo. Puestas sobre un objeto donde se guardan bolígrafos, rotuladores y pequeñas herramientas, dejan de ser arcanos para la contemplación y se convierten en una especie de recordatorio doméstico: hay días para ordenar y días para garabatear antes de entender nada.
Yo lo veo especialmente acertado para quien usa el tarot como lenguaje cultural, no como uniforme. Llevar una referencia reconocible sin sacar una baraja de la mochila tiene más intención de la que parece. Además, los bucles para bolígrafos hacen que el diseño no sea la única razón de existir del objeto; cosa que, tratándose de papelería temática, ya es bastante. Comprar otra baraja no siempre merece la pena. Comprar un lugar razonable para que el tarot acompañe lo cotidiano, en cambio, puede tener su punto.
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