Para cuando tu altar se ha puesto demasiado solemne.

El gato no está sobre el grimorio: asoma juguetonamente desde detrás del libro de hechizos carmesí.
Ese gesto de espionaje convierte la figura en una pequeña escena, no en el enésimo gato con sombrero de bruja: el familiar parece estar leyendo a escondidas —o vigilando muy de cerca tus conjuros— desde el reverso del libro.
Hay decoración esotérica que se limita a poner un pentáculo, una luna y un gato negro en la misma frase visual, como quien echa todos los ingredientes al caldero y espera que ocurra algo. Y luego están las piezas que entienden que una miniatura necesita una situación. Aquí la situación es muy concreta: el gato no posa sobre un grimorio; se esconde detrás de él.
Ese asomo por encima del libro carmesí, con el sombrerito torcido, le da una cualidad de viñeta. Parece menos un emblema de “bruja oficial” y más ese familiar que ha decidido fiscalizar la lectura, consultar el capítulo prohibido antes que tú o, sencillamente, montar guardia con cara de no haber roto un plato. El humor está en la composición, no en convertir el objeto en un chiste de bazar, que se agradece.
Yo la veo especialmente eficaz en un rincón donde falte una interrupción visual: junto a una pila de barajas muy serias, en una balda entre lomos de ocultismo o cerca de un mazo de estética gótica que empiece a tomarse demasiado en serio. Su razón de existir no es representar “la brujería” en abstracto —esa misión ya la cumplen demasiados objetos—, sino introducir la travesura del lector clandestino. Y eso, para una figura tan pequeña, tiene bastante más gracia de la que parece.
También buscado como: Figura de gato con libro de hechizos