Para cuando necesitas que el tarot baje la voz.

La carta IX aparece rotulada «HE HERMIT», sin la T inicial de «THE».
Ese pequeño tropiezo tipográfico en El Ermitaño rompe la pulcritud habitual de una baraja pastel y le da un punto extrañamente humano: la carta del retiro llega, precisamente, con una ausencia visible.
Hay barajas pastel que confunden suavidad con falta de carácter: mucho melocotón, mucha nubecita y, al cabo de tres tiradas, una siente que está consultando el envoltorio de una vela. Pastel Dreams se salva por un detalle mínimo y bastante revelador: su Ermitaño, carta IX, figura como «HE HERMIT». Le falta una letra. Sí, una T. Y no, no voy a fingir que es una sofisticada maniobra cabalística.
Pero ese desliz dice algo del mazo. No aspira a la solemnidad museística ni al fetichismo del tarot impecable; trabaja desde una imaginería amable, directa y algo ingenua, con el tarot clásico rebajado de dramatismo. Para quien empieza, esa falta de intimidación puede ser una virtud muy concreta. La baraja no te recibe con una catedral simbólica y un examen de latín: te deja mirar, asociar y aprender sin sentir que has suspendido antes de sacar la primera carta.
El Ermitaño sin «The» acaba siendo casi una declaración involuntaria: aquí importa más reconocer la figura que obedecer la ceremonia. Quien ya tenga veinte Rider-Waite clónicos quizá no necesita otra versión dulcificada. Pero si el problema es que los mazos tradicionales te parecen demasiado severos para practicar a diario, esta pequeña imperfección resume bien su mérito: un tarot que afloja el corsé sin dejar de conservar sus 78 cartas y su esqueleto reconocible.
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