Para cuando el tarot de siempre te deja fuera del cuadro.

Las 78 cartas están basadas en personas LGBTQ+ reales, encargadas expresamente como modelos para el proyecto.
No es una inclusión resuelta a golpe de símbolo o de una pareja en Los Enamorados: toda la baraja parte de cuerpos y presencias concretas. Eso desplaza la lectura desde el arquetipo abstracto hacia una humanidad reconocible, diversa y deliberadamente situada.
Hay barajas que se anuncian como inclusivas porque han cambiado dos rostros, han puesto una bandera al fondo y se dan por satisfechas. Qué pereza. Queer Tarot hace algo bastante más serio: sus 78 cartas se construyen a partir de personas LGBTQ+ reales encargadas como modelos para el proyecto.
Y ese detalle no es decorativo; sostiene toda la baraja. Cuando aparecen el deseo, el conflicto, el cuidado, la autoridad, el duelo o la celebración, no vemos una diversidad de catálogo puesta a cumplir expediente. Vemos sujetos. Gente con cuerpo, estilo, identidad y una presencia que no pide permiso para ocupar el arcano.
A mí me parece especialmente valioso para quien conoce el tarot tradicional pero se ha cansado de tener que traducirlo mentalmente antes de poder leerse en él. Aquí la tradición no desaparece ni se convierte en una ocurrencia de diseño: se reencarna. Los arquetipos siguen trabajando, pero dejan de presentarse como si la experiencia humana hubiera sido siempre heterosexual, binaria, blanca, delgada y extraordinariamente poco divertida.
Por eso esta sí merece un hueco aunque ya haya tarot en casa. No compra una estética queer para la estantería: compra un reparto completo de personas reales que obliga a mirar de nuevo cada carta. Y, francamente, a estas alturas ya tocaba.
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