Cuando el significado de siempre ya no te dice nada

Cada una de las 78 cartas se asocia a uno de los 99 nombres de Dios de la tradición islámica.
No se limita a vestir el tarot con arabescos y poesía sufí: introduce una correspondencia contemplativa propia para cada arcano y cada menor. Eso desplaza la lectura del «qué me va a pasar» hacia la cualidad espiritual que la carta pone sobre la mesa.
El Rumi Tarot merece existir en una colección por una razón bastante menos obvia que sus miniaturas persas, sus oros o su inevitable atmósfera de incienso intelectual: cada una de sus 78 cartas queda vinculada a uno de los 99 nombres de Dios de la tradición islámica. Y ahí Nigel Jackson no está simplemente haciendo «tarot oriental», ese cajón de sastre donde a veces cabe hasta una lámpara maravillosa y tan contentos.
La correspondencia obliga a leer de otro modo. Un Cinco de Espadas ya no se agota en el conflicto, la derrota o la victoria miserable; pasa a preguntarte qué atributo divino —qué nombre, qué cualidad— está siendo invocado, negado o mal entendido en esa escena. Es una capa de lectura exigente, sí, pero no decorativa. Convierte el mazo en un artefacto de contemplación además de adivinación.
Yo no lo recomendaría como única baraja ni para sacar tres cartas deprisa antes de contestar un WhatsApp. Para eso hay mazos más dóciles y menos ceremoniosos. Pero si tu Rider-Waite ya te responde con piloto automático y necesitas que las cartas recuperen extrañeza, este Rumi tiene una rareza con fundamento: no añade frases bonitas para subrayar el dibujo, sino un sistema espiritual que descoloca —felizmente— la lectura habitual.
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