Para cuando el tarot vikingo de cartón piedra ya te sabe a poco.

El mazo enlaza las runas con la poesía de los skalds y el valor de los einherjar.
No se limita a vestir los arcanos con cascos, cuervos y fiordos: plantea una mitología nórdica hecha de signos, relato oral y guerreros caídos. Esa mezcla obliga a leer cada imagen como una escena con memoria, no como decoración temática.
Hay barajas nórdicas que se resuelven con una trenza, dos cuervos, bastante hielo azul y el inevitable señor con hacha. Muy intensas, sí; muy intercambiables también. El Runk Tarot tiene una ambición algo más interesante: no presenta lo vikingo como atrezo, sino como una trama entre la sabiduría de las runas, la poesía de los skalds y la épica de los einherjar.
Ese detalle importa más de lo que parece. Las runas no son aquí un adhesivo esotérico pegado a un Rider-Waite con barba; remiten a signo, destino y lenguaje. Los skalds introducen relato, memoria y la capacidad de nombrar lo que sucede. Y los einherjar, guerreros escogidos para Valhalla, añaden una idea de prueba y consecuencia que le sienta estupendamente al tarot cuando la consulta no pide mimos, sino perspectiva.
Yo no la elegiría para sustituir una baraja cotidiana clara y sin rodeos. La elegiría precisamente cuando una lectura necesita volverse saga: cuando la pregunta tiene pasado, juramentos, pérdidas, orgullo o una decisión que no se arregla con una frase de taza. Ahí esta combinación de runa, poema y guerrero caído le da una voz propia. Comprar otra baraja merece la pena cuando cambia el idioma de la lectura; esta, al menos, lo intenta con bastante más sustancia que el habitual decorado de Valhalla.
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