Para cuando el Rider-Waite te sabe demasiado conocido.

Pamela Colman Smith tomó del Sola Busca la imaginería exacta de casi una docena de cartas para el Rider-Waite-Smith.
Las fotografías del mazo se expusieron en el British Museum en 1908, justo antes de que Smith dibujara el Rider-Waite-Smith. Mirarlo es descubrir que varias escenas que creemos fundacionales del tarot moderno ya tenían un antecedente renacentista mucho más áspero, extraño y lleno de personajes.
El Sola Busca no merece entrar en casa porque sea «antiguo», que esa es una razón peligrosamente insuficiente para acumular cartón con ínfulas. Merece la pena porque obliga a recalibrar la vista. Este mazo de finales del Quattrocento contiene una pequeña bomba histórica: Pamela Colman Smith tomó de él la imaginería exacta de casi una docena de cartas al crear el Rider-Waite-Smith.
Y ahí está el asunto. Si llevas años leyendo con el Rider y creías conocer de memoria su gramática visual, el Sola Busca te enseña el borrador salvaje, renacentista y bastante menos domesticado de parte de ese idioma. No son las escenas limpias, psicológicas y universalizables que luego se hicieron canónicas: aquí aparecen figuras, armas, cuerpos, emblemas y una teatralidad que no se deja convertir tan deprisa en frasecitas de manual. Gracias a Dios.
Yo lo veo menos como una baraja para sustituir tu lectura cotidiana que como una lupa histórica con dientes. Te enfrenta a una pregunta incómoda y muy útil: ¿cuánto de lo que atribuimos al tarot «moderno» era ya una intuición visual potentísima antes de que el siglo XX le pusiera nombres amables? Comprar otra baraja, en este caso, sí añade una habitación a la casa: la que conecta el Rider-Waite-Smith con un linaje visual que suele quedar escondido detrás de sus imágenes más famosas.
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