Para cuando quieres colorear un arcano sin tener que interpretarlo.

El libro reúne 50 ilustraciones, no los 78 naipes de una baraja completa.
No propone colorear «todo el tarot» carta por carta, sino una selección de arcanos e imaginario místico. Eso lo convierte menos en deber de coleccionista y más en un cuaderno para demorarse en las imágenes que te piden lápiz.
Aquí está la gracia, y conviene decirla sin incienso de más: no pretende ser un tarot completo disfrazado de libro para colorear. Son 50 ilustraciones, no 78 cartas. Ese pequeño desfase cambia bastante la película.
Una baraja para colorear puede caer fácilmente en el ejercicio escolar de «venga, ahora completa los Arcanos Mayores y después los Menores, como quien rellena un álbum». Este libro parece escoger otra vía: usar el tarot y sus arcanos como territorio visual, no como temario obligatorio. Y, francamente, se agradece. Hay días en que una no necesita estudiar la correspondencia astrológica del Siete de Oros; necesita decidir si esa túnica va en azul noche o en rojo granate y dejar que el cerebro se calle un rato.
La ausencia de la estructura completa le da una libertad que una baraja propiamente dicha no tiene. No obliga a respetar una iconografía cerrada ni a pensar si el resultado servirá para una lectura rigurosa. Aquí el gesto es contemplativo, manual y un poco fetichista: mirar símbolos conocidos, intervenirlos y hacerlos tuyos sin la solemne policía del tarot vigilando desde la estantería.
Merece la pena como compra distinta precisamente por eso: no añade otra baraja que aprender, sino otro modo de convivir con el imaginario tarótico. Y no, no todo objeto de tarot necesita venir con setenta y ocho responsabilidades.
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