Para cuando necesitas pensar con las manos.

No se limita a colorear: propone colorear y dibujar sobre 30 ilustraciones de signos tarotísticos.
Ese doble verbo cambia el asunto: no es el pasatiempo obediente de rellenar huecos, sino una invitación a intervenir el símbolo. La baraja deja de ser altar intocable y se convierte en cuaderno de trabajo visual.
Hay cuadernos de colorear tarot que se quedan en la versión esotérica de no salirse de la raya. Este, por el contrario, incluye una palabra bastante más interesante en su propia propuesta: dibujar. Y ahí está la gracia, porque el tarot no necesita siempre otra interpretación de manual; a veces necesita que una persona se siente delante de un símbolo y descubra qué le pide añadir, borrar, agrandar o convertir en otra cosa.
Que sean 30 ilustraciones también le sienta bien al formato. No pretende sustituir un mazo completo ni vendernos la gran enciclopedia iniciática en papel barato —bendita modestia—, sino proponer una selección manejable para volver varias veces a las imágenes. Colorear una Sacerdotisa es agradable; tener permiso implícito para redibujarle el velo, el libro, la luna o directamente inventarle un entorno ya es otra conversación con el arcano.
Yo lo veo especialmente útil para quien se ha cansado de mirar siempre las cartas desde fuera, como si fueran vitrinas de museo. Aquí la relación es más irreverente y, por eso mismo, más fértil: el símbolo clásico pasa por tu lápiz antes de pasar por tu cabeza. Comprar otra baraja merece la pena cuando cambia el gesto con el que te acercas al tarot. Este libro no añade cartas a la estantería: te obliga, suavemente, a meter mano en ellas.
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