Para cuando necesitas pensar con las manos, no con otro manual.

Las ilustraciones están planteadas para recortarse y convertirse en un juego de cartas.
No se queda en cuaderno de láminas para colorear: propone que el resultado final sea una baraja física hecha por ti. Eso desplaza el centro del producto desde “pintar tarot” hacia construir una relación muy literal, carta a carta, con sus imágenes.
Aquí la gracia no es que el tarot se haya vestido de libro para colorear —eso, a estas alturas, ya no sorprende ni a la sota de espadas—, sino que las láminas se conciben para terminar recortadas como un juego de cartas. Y ahí está su pequeña pero muy razonable extravagancia.
Colorear una carta obliga a detenerse en cosas que una lectura veloz pasa por alto: una mano que apunta, un gesto facial, el pliegue de una túnica, el símbolo que parecía decorativo hasta que le das color y empieza a pedir explicaciones. Después, recortarla introduce otro gesto: separas la imagen de la página y la conviertes en objeto de consulta. No recibes una iconografía cerrada; la terminas, la eliges y luego convives con ella.
Para alguien que empieza y se abruma ante la solemnidad enciclopédica del tarot, este mecanismo me parece más inteligente que muchas barajas “para principiantes” llenas de palabras de apoyo. Aquí el aprendizaje entra por la atención manual, no por el sermoncito impreso al pie. También tiene un punto de bricolaje imperfecto que le sienta estupendamente al asunto: las cartas no salen de fábrica como si descendieran del monte Sinaí; salen de tus lápices, tus tijeras y tus decisiones.
Merece la pena precisamente por eso. No añade otra baraja a la montaña: convierte el proceso de hacerla en parte de la lectura.
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