Para cuando sientes demasiado y no sabes por dónde empezar a nombrarlo.

Cada arcano está vinculado a una emoción y a una flor de Bach.
No se limita a traducir el tarot a lenguaje emocional: añade una correspondencia floral a cada carta, de modo que la tirada pasa de señalar un estado interno a proponer un mapa simbólico para acompañarlo.
Hay barajas emocionales que se quedan en poner palabras bonitas a lo que ya sabemos: tristeza, miedo, enfado, bloqueo… y gracias por la obviedad. Esta intenta otra cosa bastante más concreta. Su rareza útil es que cada arcano se enlaza con una emoción y con una flor de Bach. Es decir: no plantea el tarot solo como diagnóstico poético del ánimo, sino como un sistema de correspondencias.
A mí eso me parece la razón de peso para que exista, porque obliga a mirar la carta en dos direcciones. Por un lado está el símbolo tarotístico, con toda su ambivalencia y su capacidad de no tratarte como un mueble averiado; por otro, la emoción que se activa y su espejo floral. La lectura deja de ser «¿qué me va a pasar?» —pregunta que el tarot soporta con una paciencia franciscana— y se vuelve «¿qué está pidiendo ser reconocido aquí?».
No hace falta creer a pies juntillas en las Flores de Bach para encontrar interés en la propuesta. Basta con entenderlas como un vocabulario adicional, casi una ficha de matices afectivos, para que la carta diaria no se convierta en una sentencia ni en una frase de taza. Esta baraja merece sitio si te ocurre que intuyes perfectamente que algo te pasa, pero al intentar explicarlo produces una niebla con piernas. Aquí el arcano no te da la respuesta cerrada: te da emoción, símbolo y una flor con la que seguir pensando.
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