Para cuando tus lecturas se han quedado sin argumento.

El libro del Tarot de los Gnomos incluye un «Juego del dominó» y un «Juego de la canasta» con sus cartas.
No plantea las cartas sólo como un objeto adivinatorio: las convierte también en piezas para jugar. Esa rareza encaja con su mundo de gnomos, donde la fantasía no se contempla desde una vitrina y el tarot se permite bajar a la mesa, mezclarse y hacer vida social.
Hay barajas de fantasía que se limitan a poner criaturas pequeñas, mucho verde y una seta de dimensiones inmobiliarias sobre una estructura conocida. El Tarot de los Gnomos va por otro camino: su detalle más revelador es que el universo que propone no termina en la lectura. El libro incluye incluso un juego de dominó y otro de canasta con las cartas. No es una excentricidad puesta para rellenar páginas; delata una idea bastante concreta del mazo: aquí el tarot pertenece a un mundo narrativo, doméstico y travieso, no a un altar permanentemente iluminado con luz violeta.
Eso cambia la compra. Si lo que una busca es solemnidad impecable, símbolos herméticos y cartas que parezcan exigir guantes blancos, hay opciones más apropiadas y, francamente, menos dispuestas a hacer el ridículo jugando a la canasta. Pero precisamente ésa es la gracia de esta baraja. Los gnomos no aparecen como decoración de cuento, sino como habitantes de una sociedad con trabajos, enredos, pequeñas miserias y aventuras. El tarot gana terreno, escena y continuidad.
Yo la veo especialmente justificada en una colección que necesite una baraja capaz de recordar algo que a veces olvidamos: el juego no rebaja lo simbólico; puede volverlo más disponible. Que unas cartas admitan una partida de dominó no las hace menos serias. Las hace menos tiesas.
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