Para cuando el amor se te ha convertido en un nudo de señales contradictorias.

La baraja sustituye los palos clásicos por corazones, alianzas, antorchas y puñales.
No usa los cuatro palos como decoración romántica: los plantea como estadios de una relación. Ahí está su gracia y su límite: en vez de llevarte al universo entero del tarot, te obliga a leer el vínculo desde sus emblemas afectivos, incluidos los que pinchan.
El detalle que me hace levantar una ceja —en el buen sentido— es que aquí los palos no son copas, bastos, espadas y oros con un lazo rosa puesto encima. Son corazones, alianzas, antorchas y puñales. Es decir: afecto, compromiso, deseo y conflicto, dicho sin demasiada diplomacia. Y para una baraja centrada en amor, eso tiene bastante más intención que llenar setenta y tantas cartas de parejitas mirándose bajo la luna. Gracias, pero ya tenemos suficientes.
Esa organización convierte el mazo en una especie de vocabulario relacional: no sólo pregunta «¿me quiere?», sino desde qué terreno está hablando la relación. ¿Hay calor pero no acuerdo? ¿Promesa sin pasión? ¿Un vínculo tierno atravesado por una verdad afilada? El puñal, especialmente, evita que el amor quede reducido a perfume, Cupido y una espera de WhatsApp eternizada.
Por eso le veo sentido para quien empieza y quiere hacer lecturas sentimentales sin tener que domesticar de entrada toda la arquitectura del tarot tradicional. Su sistema parece más directo, más temático y, por tanto, más fácil de recordar. No reemplaza a un tarot de 78 cartas para explorar cualquier asunto de la vida; tampoco pretende hacerlo. Pero cuando el asunto es una relación que mezcla deseo, pacto, ilusión y alguna que otra puntita de drama, esta baraja propone un mapa propio. Y ésa sí es una razón razonable para añadir otra caja a la estantería.
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