Para cuando tus tiradas dicen una cosa y tú recuerdas otra.

Cada ficha obliga a anotar al consultante junto a una rueda de emociones.
No registra solo qué carta salió y qué interpretación le diste: deja pegada la lectura a quién preguntaba y desde qué clima emocional. Esa pequeña pareja de casillas convierte el cuaderno en un archivo de contexto, no en un cementerio de significados bonitos.
Hay diarios de tarot que parecen diseñados por alguien que cree que una lectura termina al escribir «La Torre: cambios». Enhorabuena por el despliegue de profundidad, criatura. Este, en cambio, tiene una decisión bastante más lista: en cada ficha pone al consultante y su rueda de emociones al lado del registro de cartas, pregunta e interpretación.
Y ahí está su gracia. Una misma carta no significa exactamente lo mismo para una persona aterrada, una persona enfadada o alguien que, sencillamente, viene a confirmar lo que ya había decidido. Registrar ese estado no vuelve el tarot una ciencia de bata blanca —no nos vengamos arriba—, pero sí permite detectar con el tiempo qué parte de tus interpretaciones pertenecía a la tirada y cuál al ambiente de la consulta.
Me parece especialmente útil para quien hace carta diaria, practica con amistades o está afinando su lenguaje interpretativo. No propone otra iconografía ni añade una nueva mitología a la estantería: hace algo más humilde y, para muchos, más necesario. Te obliga a mirar tus lecturas con memoria. Al cabo de unas cuantas páginas, podrás volver a una carta repetida y ver no solo qué dijiste, sino a quién se lo dijiste y en qué estado se encontraba.
Por eso, en este caso, otro «mazo» merece la pena aunque no sea una baraja: aporta la pieza que a menudo falta entre sacar cartas y aprender realmente de ellas.
También buscado como: Diario de lecturas de tarot