Para cuando el tarot serio te deja en blanco.

La caja incluye 80 cartas, dos más que las 78 de un tarot completo convencional.
Ese número obliga a no despacharla como una simple versión kawaii de un mazo estándar: hay dos cartas cuya presencia altera, aunque sea discretamente, la expectativa de encontrarse el repertorio cerrado de siempre.
Hay barajas que se disfrazan de monísimas para que una les perdone que no tengan nada que decir. Y luego está el pequeño detalle de las 80 cartas de este Tarot Kawaii: no las 78 reglamentarias, sino dos más. Parece una minucia, pero en tarot las minucias son precisamente donde se ve si alguien ha pensado el objeto o se ha limitado a poner coloretes a La Muerte.
No sabemos aquí cuáles son esas dos incorporaciones, y casi prefiero no inventarles una biografía esotérica de mercadillo. Lo importante es que la baraja se presenta desde el principio como una desviación consciente del canon. Para quien empieza, eso puede ser estupendo: rebaja la solemnidad y permite acercarse a arcanos y palos sin sentir que ha entrado en una oposición a la Escuela de Misterios Antiguos. Para quien ya lee, introduce una pequeña alerta saludable: antes de aplicar automatismos, mira qué hay realmente sobre la mesa.
Su estética kawaii no tendría por qué significar lectura descafeinada. De hecho, la gracia está en esa tensión entre imágenes dulces y un sistema que, con dos cartas de propina, se niega a ser del todo obediente. Merece otra baraja si buscas aprender sin intimidación, pero tampoco quieres que te vendan el tarot reducido a pegatinas adorables.
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