Cuando el tarot de siempre ya no te devuelve la mirada.

La edición francesa presenta el Tarot Luna Sol como una creación de Kay Medaglia aunque la ficha acredita a Mike Medaglia y Darren Shill.
No es una errata menor: obliga a mirar la baraja como una obra firmada desde una identidad artística distinta. En un mazo tan centrado en la diversidad humana, esa doble atribución deja de ser un detalle de créditos y se vuelve parte de su lectura.
Hay barajas que anuncian diversidad con la sutileza de un cartel de neón y otras que la incorporan sin montar una conferencia de prensa. El Luna Sol pertenece, por lo que se documenta en esta edición, a esa segunda familia: su rareza más interesante no está sólo en sus figuras cálidas y contemporáneas, sino en la firma. La ficha francesa habla de una creación de Kay Medaglia mientras acredita a Mike Medaglia y Darren Shill. Y no, no lo considero cotilleo bibliográfico: es una pequeña grieta por la que entra toda la intención del mazo.
Un tarot que quiere representar cuerpos, edades y rostros diversos no puede quedarse en la superficie decorativa. Aquí la cuestión de quién firma, cómo aparece nombrada la autoría y desde qué identidad se presenta la obra acompaña el gesto visual. Hace que la promesa de pluralidad tenga un poso menos cosmético y bastante más humano.
Yo no compraría otra baraja sólo porque sea suave, luminosa o pastel: de ésas hay una legión y algunas parecen diseñadas para no molestar ni a una lámpara. Pero sí le veo sentido a sumar ésta a una colección cuando se busca un tarot reconocible que discute, aunque sea discretamente, quién tiene derecho a verse dentro de los arcanos. No reinventa la estructura por hacer piruetas; desplaza el punto de vista. Y eso, en tarot, suele ser más difícil que dibujar una Luna bonita.
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