Para cuando el Rider ya te sabe a agua bendita.

El imaginario del Tarot del Romero incorpora la cumbia junto al circo, el tatuaje, la iconografía religiosa, el cómic y la publicidad.
No es la habitual mezcla genérica de «arte popular»: la cumbia aparece citada como referencia concreta. Eso desplaza el tarot de la fantasía decorativa a un territorio mestizo, ruidoso y deliberadamente excesivo, donde lo sagrado puede llevar lentejuelas y lo grotesco tener ritmo.
Hay barajas que actualizan el Rider poniendo más flores, más lunas y una joven mirando al horizonte con expresión de haber descubierto el autocuidado. Y luego está el Tarot del Romero, que decide meter la cumbia en la conversación. No como adorno tropical de saldo, sino como una de las referencias de un imaginario que junta circo, tatuaje, religiosidad popular, cómic y publicidad.
Ahí está su razón de ser. Esta no parece una baraja destinada a dejar las cosas pulcras ni a convertir cada tirada en una estampa de incienso beige. Su promesa visual es otra: recordar que lo espiritual también puede ser estridente, corporal, devocional, cómico y un poco monstruoso. Francamente, ya era hora.
Para mí, ese detalle de la cumbia importa porque obliga a leer con otro oído. Donde una baraja convencional busca solemnidad, aquí cabe el exceso; donde otra embellece el conflicto, esta puede volverlo carnavalesco, popular y hasta incómodo. No para hacer gracia por hacerla, sino porque hay preguntas que no piden un ángel de acuarela: piden un altar de barrio, un tatuaje mal curado y una canción sonando demasiado alta.
Comprar otra baraja merece la pena cuando modifica de verdad el registro de la lectura. Esta lo hace: no añade naturaleza amable al tarot, le pone percusión, estampita y diente.
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