Para cuando una lectura se te queda en la superficie.

Cada una de sus 78 cartas muestra la misma escena vista de frente por un lado y desde atrás por el otro.
No son dos ilustraciones decorativas ni una carta «invertida» de diseño: al girarla cambia literalmente el punto de vista de la escena. La pregunta deja de ser solo qué ocurre y pasa a ser qué había detrás, quién no estaba mirando o qué parte del relato permanecía fuera de campo.
El Tarot Viceversa no se limita a vestir el Rider-Waite-Smith con otra paleta y confiar en que no nos demos cuenta. Su ocurrencia —y aquí está toda la gracia— consiste en que cada carta tiene dos caras ilustradas: en una vemos la escena de frente; en la otra, esa misma escena desde detrás.
Eso obliga a leer de una manera bastante menos cómoda y bastante más interesante. Una Papisa ya no es solo una figura que guarda un secreto: importa qué hay al otro lado de su silencio. Un conflicto no se resuelve con el habitual catálogo de palabras clave, porque la carta te pide girarla y comprobar qué estaba quedando fuera del encuadre. Muy cinematográfico, sí, pero sin caer en el truco vacío.
Yo lo veo especialmente valioso para quien ya conoce un poco la estructura Rider-Waite-Smith y empieza a cansarse de sacar siempre conclusiones demasiado rápidas. La doble perspectiva da material real para matizar posiciones, motivaciones, zonas ciegas y consecuencias. No añade cartas para inflar la caja; altera el mecanismo de lectura de las 78 de siempre.
¿Merece otra baraja? En este caso, claramente sí: porque no duplica la experiencia de un tarot narrativo convencional. La pone del revés, aunque aquí lo correcto sería decir que la hace mirar por detrás. Que, francamente, es donde suelen empezar los problemas interesantes.
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