Para cuando la tirada se te queda muda al salir dos cartas juntas.

Incluye técnicas avanzadas para recordar combinaciones de cartas sin consultar ningún manual.
El libro no se queda en fijar los 78 arcanos por separado: plantea entrenar la memoria de parejas y combinaciones. Ahí está la diferencia entre saber definiciones sueltas y empezar a hilar una lectura con cierta soltura.
Memorizar el Tarot Rider no consiste en recitar que el Dos de Espadas es bloqueo y el Seis de Oros, intercambio, como quien repasa la lista de la compra. El verdadero atasco llega cuando ambos aparecen juntos y una se queda mirando la mesa con expresión de esfinge en prácticas. Este libro parece haber entendido precisamente ese problema.
Su detalle más interesante es que no limita la mnemotecnia a los 78 arcanos aislados: propone técnicas para retener combinaciones sin tener que volver al manual. Y eso, dicho sin fanfarria, es bastante más ambicioso que el enésimo compendio de palabras clave. Aprender una carta es vocabulario; aprender cómo conversa con otra es empezar a hablar el idioma.
Me parece una adquisición sensata para quien ya tiene una Rider-Waite —o una baraja de esa familia visual— y nota que depende demasiado de las chuletas. No promete sustituir el juicio, la observación ni esa incómoda costumbre de pensar antes de soltar una interpretación. Pero sí apunta a un punto muy concreto: convertir la información acumulada en asociaciones recuperables cuando hay una tirada delante.
Comprar otro libro de Tarot merece la pena cuando modifica el gesto de leer, no cuando añade otras doscientas páginas de significados que acabarán criando polvo. Este va, por lo que plantea, a la parte menos glamurosa y más necesaria: entrenar la cabeza para que las cartas dejen de desfilar en solitario.
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