Para cuando una carta necesita quedarse en el altar, no volver al mazo.

La caja incluye un altar para cartas destinado al trabajo ritual con una carta elegida.
No es un accesorio decorativo sin más: convierte la extracción de una carta en una presencia sostenida, apartada de la tirada rápida y puesta deliberadamente a la vista.
Hay barajas de unicornios que se quedan en purpurina astral y buenas intenciones; esta, al menos, parece querer que hagas algo con la carta después de admirarla. Su detalle decisivo es el altar para cartas incluido en la caja. Y no me parece una frivolidad de embalaje: es una pequeña declaración de uso.
Un tarot suele vivir entre dos extremos bastante conocidos: la consulta fugaz —«a ver qué sale»— y el estudio serio, cuaderno mediante. Aquí el altar propone una tercera vía: escoger una carta y dejarla trabajando en el espacio cotidiano. No para montar una escenografía de sacerdotisa de Instagram, gracias a los dioses, sino para sostener una pregunta, una imagen o una cualidad durante varios días.
Eso le da sentido a su imaginario celestial y unicorniano. El unicornio deja de ser sólo criatura bonita de portada y pasa a funcionar como emblema de atención: algo excepcional que se mira despacio, no algo que se consume a golpe de tirada. Si te atrae usar el tarot como objeto contemplativo —una carta en el escritorio, junto a la cama o en tu rincón de práctica—, esta baraja ofrece una experiencia que muchas otras no traen ni sugieren con tanta claridad.
Por eso sí tiene motivo para existir en una colección ya nutrida: no viene únicamente a añadir otros setenta y ocho dibujos, sino a cambiar el gesto de lectura. Y eso, milagrosamente, no es poco.
También buscado como: Tarot del Unicornio Celestial