Para cuando tus tiradas necesitan un buen crimen de quiosco.

La baraja se construyó triturando setenta años de cultura popular en una «Photoshop Cuisinart».
No es una imitación limpia del pulp: mezcla imaginarios que van de los dime novels finiseculares a los carteles de explotación de los años setenta. Por eso cada arcano parece menos una lámina vintage que una escena rescatada de una novela barata, peligrosa y estupenda.
Hay barajas pulp que se limitan a poner una chica con pistola, una tipografía retro y ya está: delito menor, pero delito al fin. Esta tiene una idea bastante más jugosa. Su materia prima no es «lo vintage» como filtro decorativo, sino un batido deliberadamente excesivo de setenta años de imaginario popular: novela de a duro, portada de revista, crimen, ciencia ficción y explotación setentera pasados por una particular «Photoshop Cuisinart».
Eso importa porque el tarot, aquí, no posa para la foto. Se vuelve melodrama visual. Los arcanos pueden leerse como titulares de sucesos, cliffhangers y decisiones tomadas demasiado tarde en un callejón con mala iluminación. Es una lente especialmente eficaz para preguntas en las que una necesita ver el conflicto, la ambición, el deseo o la traición sin envolverlos en incienso de vainilla.
No la escogería para quien busque delicadeza etérea ni una iconografía que pida permiso. Pero sí me parece una incorporación con sentido para una colección que ya tiene mazos correctos y quiere uno que introduzca ritmo, género y una saludable dosis de peligro narrativo. Comprar otra baraja merece la pena cuando cambia el tipo de historia que eres capaz de leer. Esta no susurra: abre con una portada que promete problemas.
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