Para dejar de mirar el Tarot del derecho y empezar a leerlo del revés.

Las ilustraciones van acompañadas de notas para interpretar las cartas tanto al derecho como invertidas.
No se limita a convertir arcanos en láminas bonitas: incorpora la inversión como parte de la lectura. Eso obliga a colorear —y a pensar— cada símbolo en sus dos direcciones, que es bastante más Tarot que pintar lunas porque sí.
Hay libros para colorear que ponen un par de estrellas, una diosa con pestañas de anuncio y la palabra «místico» en portada; luego están los que entienden que el Tarot tiene estructura. El detalle que salva a este de la estantería del pasatiempo genérico es muy concreto: las imágenes se acompañan de apuntes para leer sus símbolos tanto al derecho como invertidos.
Y eso cambia el asunto. Porque una carta invertida no es simplemente la misma carta boca abajo, por mucho que a cierta escuela de Instagram le interese resolverlo con un «bloqueo» y a correr. La inversión introduce matiz, resistencia, interiorización, exceso, demora o desplazamiento de energía. Al trabajar una lámina, escoger colores y detenerse en los elementos mientras se contempla esa doble posibilidad, la imagen deja de ser decoración y empieza a fijarse en la cabeza.
Yo no lo vería como sustituto de una baraja ni como tratado serio de cartomancia: ni falta que hace. Lo interesante es que propone una forma manual y lenta de familiarizarse con el lenguaje visual del Tarot, incluyendo ese gesto tan incómodo para principiantes de girar la carta y no perder el hilo. Merece la pena precisamente si te cuesta pasar de memorizar palabras clave a mirar de verdad lo que hay en una carta. Aquí el lápiz hace de maestro paciente; y, milagro menor, no te sermonea.
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